Todos podemos y somos inventores, al final las ideas surgen después de no seguir siempre los procesos normales para encontrar soluciones.

Esto es lo que le pasó a nuestro amigo Taylor Simpson, un diseñador gráfico y director de arte de Brooklyn, casi como me pasa a mi cuando voy a comprar el pan o a la nave.

Se fue a un rastro, uno pequeñito, el de la ruta 127, que se extiende a lo largo de 690 millas, algo así como 1.110 km para los profanos en otros sistemas métricos, que discurre entre varios estados de los EEUU.

Encontró unas astas de ciervo, y además como este amigo es ciclista, se le ocurrió combinándolos con aluminio reciclado construir un manillar de bicicleta. El concepto lo presentó en su proyecto final de packaging en el Pratt Institute.

Además de la visión para el uso de un elemento ajeno al objeto, pero que formalmente es idéntico al real, la belleza de este proyecto reside en dos factores: la combinación de materiales, astas y aluminio, y la presentación del producto en ese desplegable que conforma la caja.

El packaging no sugiere el volumen interior, pero escuetamente nos avisa de la idea con la descripción. Los tonos aplicados en el exterior, replican el color del producto y la materia bruta original. Según enfrentamos el embalaje con la impresión del logo en la parte superior y la pestaña que se abre hacia nosotros, descubrimos de nuevo el nombre del producto y al abrirlo en su interior se invierte la gama cromática, y se construye una trama que simplifica la forma del objeto.

Al final el manillar descansa sobre una cama de espuma premoldeada con la forma del producto y la etiqueta que sirve además de enganche para otro tipo de exposición comercial, en esta se detallan las medidas y se vuelve a integrar el logo del producto.

Las ideas no solo ellas mismas sino también como las contamos. El embalaje, también es parte del producto.

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